¿Qué ven nuestros hijos cuando nos están mirando?




¿Seguimos en casa unos hábitos de vida saludables?

Los hábitos alimentarios no son innatos sino que se van adquiriendo con el paso del tiempo por medio de la habituación y de la educación. Y comienzan a adquirirse durante la primera infancia, consolidándose posteriormente.


En nuestro beneficio si son saludables o en nuestro perjuicio si no lo son, el hecho es que van a acompañarnos, marcando nuestra calidad de vida, porque la misma está estrechamente relacionada con los hábitos que desarrollemos desde temprana edad.

Así, entendemos que los adultos, padres y educadores, somos responsables de fomentar, inculcar y ayudar a desarrollar unos hábitos saludables desde pequeños, como la mejor medida de prevención de la salud. Cuyo principal objetivo es obvio: que puedan crecer y vivir mejor, ahora y en el futuro.


Esta máxima, que todos conocemos en mayor o menor medida, es una tarea no siempre fácil de llevar a cabo con nuestros hijos por muy diversos motivos. Conseguir que sean capaces de diseñar su propia dieta sana y equilibrada, eligiendo los alimentos más adecuados para recibir un aporte nutricional saludable, se convierte en un gran reto.

Los cambios sociales, laborales y culturales que se han producido en nuestra sociedad (ambos progenitores trabajan, a veces largas jornadas que hacen que la disponibilidad de tiempo sea menor, etc.) junto a la presión mediática y publicitaria de productos y alimentos poco saludables (el boom de los alimentos precocinados o la ‘comida rápida’, etc.) han provocado importantes modificaciones en el estilo de vida de muchas familias. Alejándolos de la dieta mediterránea y llevándolos en línea directa al consumo de alimentos y productos procesados y al incremento del sedentarismo.


Posiblemente muchos de nuestros menores ya saben que las golosinas, patatas fritas, chocolatinas o refrescos azucarados, por ejemplo, son poco saludables. Y están más o menos informados de que la fruta o los frutos secos, por ejemplo, son excelentes alternativas a la bollería industrial. Pero, seguramente, en la mayoría de los casos no se está incorporado como habito la elección de estos últimos. Y es muy importante que aprendan, a la vez que a distinguir los alimentos saludables, a disfrutar con el consumo de los mismos.

Un niño debe alimentarse con productos lo más naturales posibles, reduciendo al máximo aquellos que la industria, a través de la publicidad, pretende establecer. Ya que un niño con buena alimentación tiene menos posibilidades de sufrir trastornos nutricionales, anemia, sobrepeso, obesidad, caries dental y problemas de aprendizaje escolar, contribuyendo además a la prevención de ciertas patologías en la edad adulta.


Una persona que se ha acostumbrado a una mala alimentación y a un modo de vida sedentario desde la infancia, tiene más riesgo de sufrir enfermedades y tendrá mayores problemas para combatirlas puesto que es más complicado adquirir hábitos saludables en la edad adulta.


Siendo conscientes que el estilo de vida está estrechamente relacionado con el comportamiento general de la comunidad en la introducción de nuevos valores o mantenimiento de aquellos saludables que ya tenemos, sería conveniente hacernos una pregunta y contestárnosla con sinceridad y sin justificaciones: ¿Seguimos en casa unos hábitos de vida saludables? O, lo que es lo mismo ¿Qué ven nuestros hijos cuando nos están mirando? Somos su modelo, nos escuchan, nos miran, nos imitan…




¿Y si nuestros hábitos alimentarios no son lo suficientemente saludables… ?

¿Qué podemos hacer?

Como decimos, los hábitos alimentarios se aprenden muy temprano y será además nuestra actitud a la hora de querer educarlos la que determine la manera de relacionarse con la comida.


Por tanto, en primer lugar debemos analizar nuestra dieta, el modelo que ofrecemos y realizar los cambios necesarios para generar esos hábitos saludables en un entorno de bienestar.


Está demostrado que los niños presentan una mayor predisposición a consumir alimentos saludables y a llevar una vida activa si tienen el ejemplo de sus padres y de otros miembros de la familia. No hace falta desgastarse en largos discursos porque ellos inmersos en el proceso de desarrollo, aprenden por imitación, observando las conductas de los adultos que les rodean y de un modo no consciente. Aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos. Aquello que ven deja una huella mucho más importante que lo que les podamos decir.


Entonces, la clave es aplicar este principio, ser un buen modelo para ellos. Esta será la mejor manera de convencer a nuestros hijos de aquello en lo que creemos.


¿Cómo me aseguro de que lo soy?

Una dieta saludable ha de ser equilibrada y variada y contener todos los grupos de alimentos en la proporción óptima.


Debemos conocer los alimentos, valorar las necesidades de todos ellos y aprender a comer de todo. Si es necesario debemos formarnos primero nosotros, para luego poder enseñarles a ellos. Una información adecuada derriba muchos de los mitos y creencias erróneas que tienen las personas adultas sobre alimentación infantil o sobre alimentación en general. Hoy en día tenemos un cúmulo casi infinito de informaciones pero es importante tener la certeza de que son fiables.


Hay páginas oficiales y estatales que ofrecen Guías de Alimentación y Salud que nos proporcionan conocimientos y recomendaciones que nos pueden servir. Por ejemplo:

Recomendaciones de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN).


Guía Nutrición saludable de la infancia a la adolescencia.

http://www.aecosan.msssi.gob.es/AECOSAN/docs/documentos/nutricion/alimentacion_ninos.pdf


El programa Perseo es un programa piloto puesto en marcha por los Ministerios de Sanidad y Consumo Guía para una escuela activa y saludable:

http://www.aecosan.msssi.gob.es/AECOSAN/docs/documentos/nutricion/educanaos/profesores_escuela_activa.pdf


En ellas, la mayoría de los expertos nos dicen que hay que realizar una alimentación planificada y equilibrada. Para ello, lo ideal es hacer cinco comidas al día: desayuno, media mañana, comida, merienda y cena.


Con presencia de verduras, ensaladas, legumbres y cereales de grano entero como protagonistas. Y, menos carne que pescado, preferentemente horneados, asados o hervidos. Lácteos y ¡mucha fruta! (cinco raciones al día). Tenemos que conseguir alcanzar estas recomendaciones procurando evitar la excesiva cantidad de bocadillos, refrescos, dulces, etc.


Los niños habitualmente van a comer la cantidad que necesitan, no hay que servir cantidades excesivas sino aprender de la cantidad que ingiere al observarle y escucharle. No debemos forzarles. Y hay que procurar que no coman fuera de horas. Y si es puntual, por alguna necesidad, proponer picoteos saludables.


No podemos utilizar la comida ni como premio ni como castigo. Para que coman aquello que queremos no hay que despistarlos o entretenerlos. Y por lo mismo, hay que evitar que los niños coman delante de la televisión.


Es importante que la familia se reúna, para comer juntos, y utilizar estos ratos para charlar, compartir impresiones y hacer proyectos (cuando no puede ser al mediodía, hacerlo a la hora de las cenas y los fines de semana). No deberían comer de manera individual (sin familiares u otros niños).


Implicarlos en la elaboración ayuda a que se interesen más por la comida. Además, las familias pueden complementar estos esfuerzos, estableciendo un calendario de menús saludables y realizando en familia la compra para elaborarlos como si fuesen actividades de ocio activo en familia. Una buena idea podría ser cocinar, alguna vez por semana, una receta juntos.


Comer despacio es importante, y ser y hacerles conscientes de lo que nos aportan estos alimentos y hábitos forma parte de los objetivos de una educación nutricional.

Paralelamente debemos fomentar una vida activa como otra clave para un estilo de vida saludable, intrínsecamente relacionado además con la forma de alimentarse (ya que el sedentarismo es uno de los principales causantes de la obesidad infantil, una enfermedad que está alcanzando cifras preocupantes en nuestro país).

Es primordial pactar las horas delante de la televisión, consola, ordenador, tablets... (hacerlo durante muchas horas hace que estén más expuestos a la publicidad de alimentos poco saludables, incitándoles a su consumo), ofreciendo como alternativa de ocio una mayor dedicación a la lectura, que fomenta su creatividad y su imaginación.


Potenciar las actividades al aire libre (pasear, montar en bici, ir a nadar, al parque o simplemente salir al exterior a jugar) y las actividades deportivas. Centradas estas en la diversión de nuestros hijos más que en el desarrollo o aprendizaje de habilidades. Ya que es la mejor forma de que quieran continuar y con ello adquieran el hábito. Organizar excursiones para disfrutar junto a nuestros hijos favorece que todos se muevan y ayudará a mantener en forma a toda la familia.


Cada acción que hagamos en esta dirección, se relacionará con las demás y potenciará lo que buscamos y viceversa. Si lo ponemos en práctica desde los primeros años de vida se convertirán en costumbres. Y, con ellas, conseguiremos que los niños perciban que estas acciones saludables les compensan, conocerán sus beneficios al practicarlas así como los riesgos en caso contrario. Conseguiremos niños sanos y sentaremos las bases de una vida adulta que también lo sea.


Cambiar las costumbres o las conductas es un proceso gradual y complejo pero menos arduo de lo que a veces podemos creer. Cierto es que se necesita tiempo, constancia y convicción de que el cambio es posible y que merece la pena. Y además necesita muchísima atención y afecto.





Las familias tenemos la responsabilidad de llevar a cabo un hermoso y gran reto pero no estamos solos en el proceso.

"Para educar a un niño hace falta la tribu entera" (proverbio africano)

Aunque la adquisición de los hábitos alimentarios corresponda fundamentalmente a las familias, la colaboración y participación del centro educativo y del comedor escolar se hace imprescindible para que los niños, desde edades tempranas, vayan interiorizándolos y poniéndolos en práctica, tanto en la escuela como en casa. Trabajando coordinadamente y aunando esfuerzos lograremos que la promoción de hábitos saludables sea verdaderamente efectiva.


El comedor escolar además de ayudar a la organización de la vida familiar, puede desempeñar una función nutricional, social y educativa importante. Debe garantizar también una alimentación equilibrada y convertir las horas de comer en momentos educativos en los que se refuercen los hábitos saludables adquiridos en casa o se ayude a modificarlos si no lo son.


Así conforme crecen y con la contribución de todos los agentes educativos los niños irán adquiriendo esos correctos y saludables hábitos alimentarios que tanto deseamos.


“Somos lo que comemos, pero lo que comemos nos puede ayudar a ser mucho más de lo que somos”

(Alice May Brock).


Rocío Martín, Dpto. de Supervisión Educativa de Comedor Saludable.


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